El sendero de Aster

Alexia Daniella Canto Hernández

 

Saúl es un hombre de 30 años; abogado muy exitoso. Hace, aproximadamente cinco años que no ve a su papá.

La última imagen que tiene de él es unos momentos antes de que se fuera de la casa; Mauricio parado en el pórtico con cara seria, simplemente viendo cómo se aleja el coche, ni siquiera le dijo adiós. Su padre siempre fue un hombre serio, reservado y poco cariñoso. Al recordar eso siente como su corazón se contrae pero decide dejarlo pasar. Es un día lluvioso, quiere visitar esa cabaña donde vive desde hace tiempo. La carretera está despejada, desde adentro del coche solo se ven las montañas borrosas, gracias al parabrisas empañado; son las 7 de la mañana de un sábado lleno de neblina.

La pequeña casa, rodeada de árboles, se ve descuidada y solitaria. Esa imagen le provoca nostalgia, mientras la observa se arrepiente de todo el tiempo que pasó alejado de su padre y de su antiguo hogar. Aún sumergido en sus recuerdos, se percata que la puerta está entreabierta, la empujó suavemente para darle una sorpresa a Mauricio, pero al ingresar se da cuenta de que no hay nadie. Decide ir a buscarlo. Sale de la casa y dirige la vista al sendero, recuerda todos esos momentos que pasaba con sus hermanos y su papá paseando a Aster por ahí, era de los mejores recuerdos que tenía.
Camina rápido para ver si se encuentra con su padre. Empieza a llover, su traje rápidamente se moja, el agua le escurre por su cabello y los mocasines están empapados. Va caminando sumido en sus pensamientos, hasta que ve a su papá acostado justo en el lugar donde enterraron a Aster, se acerca y siente culpa por no haberlo visitado antes. Cuando está un poco más cerca se percata de que algo no está bien, corre, sin importar que la lluvia y el lodo manchen su ropa. Al llegar junto a la silueta de Mauricio se arrodilla, no puede evitar sentir un dolor en el pecho al ver el rostro de su padre; claramente se sentía solo. 

 

Son las tres de la madrugada, en aquella parte del bosque, todo está más oscuro y solitario que de costumbre. Mauricio es un hombre mayor que vive en esa cabaña, apartada de la ciudad. Tiene tres hijos que no lo visitan muy seguido, pero a él siempre le ha gustado el silencio y la tranquilidad. Se ha sentido una persona solitaria casi toda su vida, eso no le molesta, al contrario, le gusta. Esa noche, Mauricio despertó y no pudo volver a dormir, estaba intranquilo sin saber por qué.
Decidió levantarse de la cama e ir por una taza de té. Al caminar rumbo a la cocina le llamó la atención algo que vio desde la ventana; todo afuera estaba negro, sin embargo, se podía distinguir las ramas de los árboles moviéndose y su camioneta destartalada al fondo.

Después de tomar el té, se sentó en el sillón que estaba de espaldas al bosque, eran las tres y media de la madrugada. Se quedó así un rato, hasta que sintió la presencia de algo que se movía atrás de él. Volteó, analizó todo y no vio nada, aunque sintió la necesidad de salir. Se quedó parado en su pórtico con la taza de té, aún humeante, en la mano.
El ambiente era tenso, sentía la presencia de algo más, pero no lograba ver nada. De pronto se dio cuenta que había un perro sentado en medio de los árboles. El can lo estaba observando, al verlo mejor, Mauricio cayó en cuenta de que se parecía mucho a su antiguo cachorro llamado Aster, decidió acercarse para verlo mejor y se percató de que era él, ya que tenía la marca de nacimiento en su frente. Esto es muy extraño, pensó, puesto que Aster falleció hace años. Siempre lamentó mucho su muerte debido a que era su única compañía; de verdad lo quería.

Mauricio pensó en las razones por las cuales veía a su perro y llegó a la conclusión de que podía ser una alucinación. Además de que esa noche estaba cansado, ya era un hombre mayor, por lo que podría ser resultado de eso. Para comprobar su teoría lo llamó por su nombre.

– ¡Aster! ¡Aster!  —le gritó, y Aster fue directo a él.

Estaba muy confundido, ¿qué estaba pasando? ¿cómo era posible que ahora estuviera vivo?

Sin saber por qué, echó a caminar con el perro por un sendero que lo hacía muy feliz, ya que siempre iba por ahí acompañado de Aster, como en este momento. Mauricio estaba sumido en sus pensamientos hasta que se dio cuenta de que no recordaba nada de lo que había hecho antes de despertarse. Se detuvo frente al lago y vio su reflejo, pero este no era él, era un señor más joven y Aster también lo era. Confundido y en busca de explicaciones optó por voltear, pero ya no vio la cabaña, solamente un terreno sin fin; muy iluminado.